En un legajo del Archivo Histórico de Antioquia fechado en 1892, un inspector de caminos de la provincia de Sopetrán registraba con severidad cómo los arrieros se negaban a transitar las veredas tras el ocaso. Los peones sostenían que en los cruces de caminos una mujer de risa desmedida desplegaba una dentadura hipertrofiada capaz de triturar hueso seco antes de desaparecer entre los cañaduzales.
La Muelona: rastros de un personaje que el siglo XIX convirtió en espectro
Los relatos más tempranos sitúan a La Muelona en la tradición oral andina del siglo XIX y la anclan en un personaje histórico que los etnógrafos llaman La Maga: una mujer matriarcal y marginada, regenta de casa de juego y prostíbulo en la época colonial tardía, condenada tras una agonía deformante. Muy pronto el personaje adquirió una segunda función: disuadir la infidelidad, el alcoholismo y la frecuentación de lupanares en las comunidades rurales.
Los relatos etnográficos recogidos en los departamentos de Huila, Tolima y Antioquia coinciden en los trazos gruesos de esa biografía histórico-mítica. La Maga perturbaba la vida social de las villas rurales, y eso le ganó la condena del clero, que la acusaba de destruir familias y practicar la hechicería.
Fue su muerte la que cerró esa historia y abrió la otra. Asolada por úlceras venéreas que le consumieron los labios y dejaron los maxilares al descubierto, La Maga murió sin reconciliación eclesiástica. La gente convirtió su rostro desfigurado en una quijada monstruosa y le atribuyó a su alma en pena una sed de venganza contra los varones que habían consumido sus servicios.
¿Por qué se asocia el chasquido de dientes con este espectro andino?
El chasquido de colmillos atribuido a La Muelona tiene una explicación más prosaica que sobrenatural. La acústica nocturna de las quebradas andinas, donde la humedad densa y la vegetación de monte bajo amplifican cualquier sonido, convierte el choque de piedras o la fractura de una rama en algo que el oído asustado reinterpreta como una dentadura en movimiento. El etnólogo colombiano Guillermo Abadía Morales, en su Compendio general de folclore colombiano (1977), ya anotaba que en este mito el sonido llega siempre antes que la imagen.
Los testimonios de campesinos recogidos a mediados del siglo XX en la cuenca del río Magdalena describen esa manifestación acústica como un golpe seco y rítmico, semejante al choque de dos grandes piedras de molino. La víctima, mermada por el aguardiente o el cansancio del viaje a caballo, interpretaba el sonido como la aproximación inminente de la criatura.
¿Cómo funcionaba La Muelona como herramienta de control social?
La Muelona castigaba fuera del espacio doméstico y solo a cierto tipo de hombre: borracho, jugador, infiel. Que el espectro no tocara a mujeres embarazadas, lactantes o niños no es un detalle casual; ahí está la clave: el mito protegía la maternidad frente al vicio nocturno.
En el campo colombiano del siglo XIX, los caminos de herradura eran también fronteras morales. La casa campesina representaba el orden sacro; la vereda a deshoras y la chichería, el caos. La Muelona acechaba exactamente ahí: en los cruces de caminos y las linderas de los bosques, en ese espacio sin nombre que no era ni aldea ni monte.
Y el mecanismo era eficaz porque prescindía de cualquier autoridad formal. El varón que regresaba herido o desorientado de la noche no necesitaba intervención policial: el juicio de la comunidad asumía que la dentadura del mito había hecho su trabajo.
Sífilis, lepra y alucinaciones: lo que estaba detrás del monstruo
Durante los siglos XVIII y XIX, la sífilis terciaria y la lepra causaban en los enfermos la retracción de encías y la pérdida de tejidos blandos faciales; el goma sifilítico, en particular, producía necrosis ósea en el paladar y los huesos nasales, dejando la dentadura expuesta. Esas personas eran expulsadas de los caseríos por miedo al contagio y se refugiaban en chozas periféricas o en la espesura del monte. Un arriero que se las cruzara de noche tenía material suficiente para alimentar una leyenda.
A eso se añadía la privación de sueño y la intoxicación etílica, que provocaban episodios de alucinación hipnagógica entre los viajeros: el cerebro agotado leía sombras de vegetación y formas rocosas como la silueta de una mujer seductora que mudaba bruscamente a algo teratológico.
Mi abuela me contaba en Extremadura, cuando yo era pequeña y no entendía bien de qué hablaba, que la noche nunca inventa terrores nuevos; solo le pone cara a las culpas que nadie se atreve a nombrar de día. Con La Muelona, el campo colombiano hizo exactamente eso: fabricó colmillos de molino para vigilar las puertas que prefería no abrir.
Para quien quiera ir más al fondo, el punto de partida sigue siendo Guillermo Abadía Morales, Compendio general de folclore colombiano (1977). No es lectura fácil, y tiene pasajes que incomodan, pero es el único sitio donde el mito y la patología se miran de frente sin que nadie aparte la vista.