Son las 23:15 en la Reserva Nacional de Tambopata, a dos horas en bote a motor por el río Madre de Dios. El olor a tierra empapada y vegetación en descomposición pega fuerte en la garganta, acompañado de una humedad del 94% que convierte cualquier camiseta de algodón en una segunda piel pesada.
En mitad de esa oscuridad líquida, la cacofonía habitual de cigarras, ranas plataneras y monos nocturnos se extinguió de golpe. Un silencio denso cayó sobre el campamento. Yo, en mi absoluta ignorancia de viajero urbano, cometí el absurdo error de imitar con un silbido aficionado el agudo distante que creí escuchar entre los ceibos. Mateo Chumpate, de 42 años, guía asháninka de la comunidad nativa de Infierno, me clavó la mano en el hombro con la firmeza de un tornillo de banco y me apagó la linterna frontal de un manotazo seco.
¿Qué es la leyenda del Tunche y cómo suena su silbido en la selva peruana?
Mateo me lo explicó minutos después, en voz baja, mientras la selva seguía en ese pavoroso mutismo: el Tunche es el alma de alguien que murió de forma trágica o sin redención en la espesura. No tiene cuerpo físico definido. Es aire, penumbra y malevolencia pura. Y se anuncia con un silbido agudo y penetrante que parece llegar de todas las direcciones al mismo tiempo, diseñado (según la creencia) para desorientarte y sacarte de la trocha.
Para los pueblos originarios de la cuenca amazónica (desde Loreto hasta Ucayali y Madre de Dios), el Tunche no es un mito decorativo para folletos turísticos, sino una fuerza real y temible que vaga imitando sonidos familiares para atraerte fuera del camino abierto.
«El turista que llega a los albergues de Iquitos o Puerto Maldonado cree que el Tunche es una historia de terror para entretenerse junto a la fogata», me contó Mateo a la mañana siguiente mientras achicaba agua de la canoa. «Pero cuando la selva se calla a medianoche, hasta el cazador con más años en la maleza guarda el machete, apaga la luz y espera en silencio. El Tunche no perdona la soberbia de quien cree dominar el monte».
¿Qué ocurre si respondes al silbido del Tunche durante la noche?
Según lo que me contó Mateo y lo que recogí en las comunidades, responder el silbido es una provocación directa: el espectro se acerca y, según la creencia, te quita el ánimo o te deja la mente rota, vagando en la maleza sin saber dónde estás ni cómo saliste.
Mi imprudencia de aquella noche casi me cuesta pasar la madrugada atado a una hamaca por decisión del equipo local. La regla de oro en el monte es esta: si escuchas una nota alta que sube de tono entre las copas de los árboles, mantén la boca cerrada. El Tunche usa el desgaste psicológico. Si le devuelves el sonido, el silbido sonará cada vez más cerca: primero a cien metros, luego a diez, luego rozándote la nuca, aunque a tu alrededor solo veas vegetación cerrada.
El miedo que le tienen los pobladores locales a la desorientación en la jungla primaria no es metafórico: es miedo concreto y fundado. Lo que la industria del ecoturismo vende hoy como «caminatas nocturnas de mitos» por 80 a 150 soles peruanos (entre 20 y 40 euros) es, para las comunidades indígenas, un tabú con siglos de respaldo práctico: de noche, la selva no pertenece al ser humano. Los pocos supervivientes que las brigadas de rescate han encontrado suelen aparecer días después deshidratados, cubiertos de picaduras de garrapatas e incapaces de articular palabra.
¿Cuál es la diferencia entre la leyenda del Tunche y el mito del Tunqui?
Son dos cosas completamente distintas que la fonética aproxima en los buscadores. El Tunche es un espectro demoníaco de la selva baja amazónica. El Tunqui (o tunqui) es el gallito de las rocas (Rupicola peruvianus), el ave nacional del Perú, vinculada a mitos andinos pacíficos.
Durante mis primeros días en el departamento de San Martín cometí el ridículo de preguntarle a un artesano si el «Tunqui» atemorizaba los poblados durante la noche. El hombre se echó a reír con ganas antes de aclararme que el tunqui es un ave de plumaje naranja brillante que habita los bosques de neblina andinos. En la mitología de la sierra oriental, el tunqui simboliza la belleza y la transformación de antiguos príncipes incas. No ataca ni aterroriza; deslumbra.
El Tunche no comparte ninguno de esos atributos. No hay gracia ni belleza en su presencia. La confusión la genera el turismo apresurado que mezcla la geografía de los Andes con la de la selva tropical: valles interandinos por un lado, Amazonía profunda por otro. No es lo mismo.
¿Cómo viajar a la Amazonía peruana para conocer las historias locales de forma segura?
Yo llegué a Tambopata por la ruta más habitual: vuelo desde Lima hasta Puerto Maldonado, entre 70 y 110 euros según la antelación, y después canoa con motor fuera de borda (el llamado peke-peke) río adentro. Desde el embarcadero de Tambopata cobran entre 30 y 50 soles por tramo hacia las comunidades nativas o los albergues rústicos. Si vas en temporada alta, entre mayo y octubre, el río baja lo suficiente para que la navegación sea manejable.
Alojarse en un campamento gestionado por familias locales (como los emprendimientos en las comunidades de Infierno o San Miguel) cuesta entre 150 y 280 soles por noche, con comidas regionales y guiados incluidos. Evita las agencias masivas que prometen «espectáculos del Tunche» con actores disfrazados entre los árboles; son una caricatura. Vale más contratar a un guía local que sepa el nombre de las plantas, rastree fauna y entienda que el mayor servicio que puede hacerte en el monte es callarse a tiempo.
Nadie me había avisado de que el verdadero pánico en la selva no lo provocan los jaguares, sino la propia mente cuando la oscuridad anula la vista y el viento trae un sonido afinado entre las ramas. Guardé silencio absoluto hasta las 05:45, cuando salió el sol. No había luz eléctrica, el toldo de la hamaca goteaba y tenía la ropa pegada al cuerpo. Fue suficiente para no volver a silbar en la selva jamás.