La palabra «Halloween» no aparece en la Biblia ni existe ninguna mención directa a la festividad del 31 de octubre. Los textos sagrados judeocristianos se escribieron siglos antes de que los celtas celebraran sus ritos de final de cosecha en Europa y más de un milenio antes de que el cristianismo instaurara la víspera de Todos los Santos (All Hallow’s Eve). Cuando se analiza esta fecha desde una perspectiva teológica, los exégetas y líderes religiosos recurren a pasajes genéricos que condenan el ocultismo, la brujería y la consulta a los muertos para establecer si la celebración es compatible con la fe.
Los puntos clave del debate bíblico actual se centran en tres aspectos:
- La ausencia total de referencias literales a la fiesta del 31 de octubre en las escrituras.
- La aplicación directa del libro de Deuteronomio 18:10-12, donde se prohíben explícitamente las prácticas adivinatorias y la nigromancia.
- El contraste histórico entre la asimilación comercial moderna de la fiesta y sus verdaderas raíces paganas.
Cualquiera que haya asistido a un grupo de jóvenes en una parroquia en España a finales de octubre sabe que este debate es un clásico anual. La tensión entre dejar que los niños pidan caramelos disfrazados de superhéroes y la lectura literal de los textos del Antiguo Testamento suele terminar con la organización de fiestas alternativas como «Holywins», donde el enfoque regresa a las figuras de los santos católicos para esquivar la fricción teológica.
La postura bíblica frente a la celebración del 31 de octubre
Al carecer de una prohibición o aprobación explícita de la festividad, las distintas corrientes cristianas interpretan la participación en la Noche de Brujas basándose en principios generales. El enfoque conservador sostiene que participar en la fiesta, incluso de forma puramente secular, legitima tradiciones vinculadas a la oscuridad. Argumentan que la estética de monstruos, fantasmas y demonios choca con directrices del Nuevo Testamento, citando a menudo la carta a los Efesios (5:11), donde se insta a no participar en las «obras infructuosas de las tinieblas».
Por otro lado, sectores religiosos más moderados desligan la petición de dulces o el tallado de calabazas de cualquier práctica espiritual genuina. Consideran que la festividad actual ha perdido por completo su carga esotérica en la sociedad, convirtiéndose en un evento cívico y de consumo infantil que no interfiere con los dogmas de fe.
Deuteronomio 18 y los versículos sobre ocultismo
El núcleo argumental contra la celebración se encuentra estructurado en el Antiguo Testamento. El pasaje de Deuteronomio 18:10-12 establece una prohibición estricta sobre cualquier forma de adivinación, hechicería o consulta a los difuntos. El texto original hebreo condena a quienes practican la nigromancia, una actividad que históricamente se ha querido relacionar de forma tangencial con la antigua creencia de que los espíritus caminaban por la tierra durante la transición al invierno.
Otros versículos utilizados habitualmente en las congregaciones para evaluar esta fecha incluyen Levítico 19:31, que veda el contacto con espiritistas, y 1 Corintios 10:20-21, donde Pablo de Tarso advierte sobre la incompatibilidad de participar en sacrificios paganos y en la mesa cristiana. La conexión que se establece hoy en día es puramente simbólica, asociando la iconografía de brujas y fantasmas de plástico con las prácticas reales penadas en la antigüedad bíblica.
El origen cristiano frente a las raíces paganas
La evolución histórica de la fecha añade una capa de complejidad a su encaje religioso. En el siglo VIII, el Papa Gregorio III trasladó la conmemoración de los mártires cristianos al 1 de noviembre, fecha que posteriormente Gregorio IV extendió a toda la Iglesia universal como el Día de Todos los Santos.
Este movimiento papal buscaba cristianizar las festividades agrarias previas. Mientras que en el norte de Europa predominaba el Samaín gallego y celta con sus ritos de recolección y memoria a los ancestros, la Iglesia impuso un marco litúrgico aceptado bíblicamente para honrar a los fallecidos de forma controlada. La diferencia dogmática es profunda si se compara con otras tradiciones derivadas, como el Día de Muertos en México, donde el sincretismo entre el catolicismo colonial y las creencias precolombinas generó una aproximación a la muerte festiva, muy alejada de la visión punitiva que muestran los textos del Antiguo Testamento.