En las libretas de campo del etnógrafo Xaquín Lorenzo ‘Xocas’, custodiadas en el archivo del Museo do Pobo Galego bajo la signatura MS-1954, consta un registro gráfico recogido en Lobeira (Ourense) en el otoño de 1948. Los labradores locales vaciaban melones de tintero y nabos gruesos para introducir mechas de grasa animal y depositarlos en las encrucijadas de los caminos antes de la medianoche de Todos los Santos. Aquel gesto no respondía a una moda importada, sino a una arquitectura del temor tallada a lo largo de los siglos en el paisaje atlántico.
¿Qué es el Samaín y cuál es su origen real en Galicia?
El Samaín es la cristianización gallega del Samhain (en gaélico irlandés: fin del verano), un rito céltico e indoeuropeo que señalaba el cierre de las cosechas y la entrada en el semestre oscuro del año. En la Galicia rural, esta festividad articulaba la transición del ciclo agrícola y abría un periodo numinoso donde los límites entre la dimensión de los vivos y el alén (en gallego: el más allá) quedaban temporalmente abolidos.
El documento epistráfico más antiguo que atestigua esta división del calendario es el Calendario de Coligny, una plancha de bronce del siglo II d.C. hallada en Francia, donde la lunación de Trinvxtion Samonii (en galo antiguo: las tres noches del fin del verano) marcaba el año nuevo céltico. La transformación de esta fecha festiva en el calendario litúrgico católico ocurrió en el año 835, cuando el papa Gregorio IV trasladó oficialmente la festividad de Todos los Santos del 13 de mayo al 1 de noviembre para asimilar los cultos paganos del norte de Europa.
A diferencia de las interpretaciones románticas del siglo XIX, el Samaín vernáculo no era un festival festivo de magia, sino una necesidad de orden cosmológico. Los habitantes de las aldeas entendían que, al morir la luz estival, los difuntos regresaban a calentarse junto a las lareiras (en gallego: el hogar de piedra de la cocina) y requerían muestras concretas de respeto para no alterar el equilibrio de la casa. Si exploras la evolución histórica de estas fechas, comprobarás cómo se conecta directamente con el proceso de por qué se celebra Halloween en otras latitudes atlánticas.
¿Por qué se tallaban nabos y calacús antes de la llegada de la calabaza?
Se tallaban nabos, remolachas y calacús (en gallego: calabazas silvestres de corteza dura) porque eran las hortalizas de raíz disponibles en la agricultura galaica antes de la introducción comercial masiva de la Cucurbita pepo de origen americano. Las comunidades rurales vaciaban estas piezas, esculpían muecas antropomorfas llamadas caliveras y las iluminaban con velas para proteger las propiedades y ahuyentar a las ánimas extraviadas.
El botánico y folclorista Fermín Bouza-Brey documentó en su ensayo Etnografía de la alimentación en Galicia (1950) cómo los niños del área de Quiroga y la Comarca del Salnés situaban estas hortalizas talladas sobre los muros de los cementerios o en los cruceiros. La luz filtrada a través de las perforaciones del nabo emulaba el fuego fatuo generado por la descomposición orgánica en los fosarios, sirviendo de aviso para los caminantes nocturnos.
El uso del nabo requería una destreza considerable debido a la dureza de su pulpa en comparación con la hortaliza americana. La paulatina sustitución del nabo por la calabaza tras el siglo XVIII simplificó el proceso técnico, pero la función ritual se mantuvo intacta. Esta costumbre de iluminación y culto a la cosecha de otoño guarda profundas similitudes estructurales con la tradición de la Castañada en el ámbito pirenaico y catalán, donde el fruto del castaño actúa como alimento ritual para los muertos.
¿Cómo se relaciona la Santa Compaña con la noche de difuntos gallega?
La Santa Compaña —una procesión de almas en pena errantes que recorre las parroquias portando cirios y una caja mortuoria— intensifica su presencia durante el Samaín porque en esta fecha la barrera entre los mundos se vuelve transparente. Según la tradición oral registrada por el antropólogo Carmelo Lisón Tolosana en su obra Las brujas en la Galicia rural (1979), la transición de octubre a noviembre es el momento de mayor vulnerabilidad para los mortales frente a esta comitiva del inframundo.
En el folclore gallego, la procesión exige ser encabezada por un vivo que lleva una cruz litúrgica y un caldero de agua bendita. El mortal camina en un trance inconsciente durante la noche y solo queda liberado de su condena si logra traspasar los objetos sagrados a otro transeúnte con el que se cruce en una encrucijada.
Durante la vigilia de difuntos, los campesinos adoptaban medidas profilácticas concretas: no se dejaba la ropa tendida fuera de las casas para evitar que las ánimas la usaran como mortaja, se barrían los suelos hacia adentro y se dejaban castañas cocidas y cuencos de leche sobre la mesa. La presencia de la Santa Compaña en la mitología del Samaín no buscaba generar entretenimiento, sino explicar los fallecimientos repentinos o los estados de languidez física que hoy diagnosticamos como anemia o depresión estacional.
¿En qué se diferencian el Samaín tradicional y el Halloween moderno?
El Samaín tradicional es un rito agrícola, sobrio y enfocado en la memoria comunitaria de los ancestros, mientras que el Halloween moderno es una festividad mercantilizada centrada en el entretenimiento, surgida de la adaptación comercial que Estados Unidos hizo del folclore llevado por los emigrantes irlandeses a mediados del siglo XIX.
En la práctica gallega histórica no existía la demanda de golosinas ni el vestuario de personajes de ficción. La interacción se basaba en la reverencia y el temor: los miembros de la casa cenaban en silencio, dejaban espacio en el fuego para que los familiares fallecidos se calentaran del frío otoñal y acudían al amanecer a la misa de ánimas. La sobriedad marcaba el comportamiento social de toda la parroquia.
La recuperación del término Samaín en la península ibérica no se debe a un aislamiento arcaico ininterrumpido, sino a un proceso de revalorización etnográfica iniciado en 1990 por el maestro e investigador Cordeiro Loureiro en Cedeira (A Coruña). Loureiro constató que los ancianos de la comarca recordaban perfectamente el tallado de los calacús durante su infancia en las décadas de 1920 y 1930, lo que permitió reconstruir la memoria histórica antes de que el modelo audiovisual estadounidense borrara los rasgos nativos.
¿Dónde se celebra hoy el Samaín en Galicia para vivir el rito auténtico?
Cedeira, en la provincia de A Coruña, es la localidad de referencia para observar el Samaín recuperado según las pautas etnográficas históricas, organizando cada 31 de octubre talleres de vaciado de calacús, la procesión de las luces cortadas y meriendas colectivas con castañas asadas.
Otro enclave destacado es Ribadavia (Ourense), que celebra la Noite Meiga transformando su casco histórico medieval en un espacio de recreación mitológica. En el municipio de Xermade (Lugo), diversas asociaciones culturales mantienen la elaboración de candiles tradicionales con hortalizas de la zona y la narración oral de leyendas al abrigo de la lareira.
En la ciudad de Ourense, la festividad se funde directamente con el Magosto municipal, donde el olor a castaña asada y la presencia de vino nuevo recuerdan la conexión indestructible entre la muerte de la naturaleza, el recuerdo de los difuntos y la subsistencia alimentaria del invierno peninsular.
Reviso mis notas tomadas en el archivo de la Catedral de Santiago de Compostela en el otoño de 2018. En un libro de fábrica de 1682 se anotaba el gasto de cera para ‘iluminar las sepulturas del suelo de la nave en la noche de Todos los Santos’. Aquel destello de cera en la piedra fría es la misma luz que cruzaba los campos de nabos en Lobeira. La modernidad ha intentado convertir el Samaín en un espectáculo de plástico fluorescente, pero basta apagar la luz eléctrica en cualquier aldea de la sierra de O Courel durante una noche de noviembre para comprender que la oscuridad antigua sigue perteneciendo a los muertos. Para profundizar en esta estructura social del luto campesino, recomiendo encarecidamente la lectura del volumen Etnografía: Cultura Espiritual (Editorial Galaxia, 1962), donde Xaquín Lorenzo desengrana la piedad y el pavor con la precisión de un cirujano del pasado.
Si quieres profundizar en la raíz histórica de esta tradición, la Noche del Diablo documenta el recorrido completo desde los orígenes hasta hoy.