El 7 de noviembre de 1610, en la ciudad de Logroño, la Inquisición española dictó sentencia en el proceso por brujería más célebre de su historia. Entre los folios conservados en el Archivo Histórico Nacional (sección Inquisición, legajo 1679), el escribano dejó constancia de los llantos, el olor a cera derretida y la presencia de veintinueve acusados procedentes de los valles del norte de Navarra.
Aquel día de otoño no se juzgaba un complot demoníaco real, sino el resultado desgarrador de la histeria colectiva, las rencillas vecinales y la incomprensión de los cultos populares. Durante mi primera estancia de investigación en el archivo de Toledo, examinar las declaraciones firmadas bajo tormento me reveló una verdad amarga sobre lo que realmente aconteció en las montañas del Baztán.
¿Qué ocurrió realmente con las brujas de Zugarramurdi en el auto de fe de 1610?
En el auto de fe de 1610 en Logroño, el tribunal inquisitorial procesó a 53 vecinos de Zugarramurdi y pueblos colindantes, condenando a la hoguera a 11 personas (seis de ellas quemadas vivas y cinco en efigie por haber muerto amontonadas en las presidio). La historia real de Zugarramurdi no involucró pactos con el diablo ni magia negra, sino una espiral de acusaciones infundadas nacidas de tensiones económicas, miedo a las epidemias y una profunda brecha cultural entre el campesinado vascoparlante y las autoridades letradas.
El detonante inicial surgió en 1608 con el regreso de una joven llamada Maria de Ximildegui. Tras haber vivido en Francia (donde las cacerías de brujas arrollaban el laboreo del juez Pierre de Lancre), comenzó a divulgar relatos sobre participaciones nocturnas en conciliábulos satánicos.
El pánico se propagó con rapidez por el valle de Xareta. Los vecinos del pueblo, influidos por los sermones de la iglesia local y por temores ancestrales, comenzaron a señalar a ancianas, curanderas y familias rivales del pueblo vecino de Urdax.
¿Cómo nació la leyenda del aquelarre en las cuevas de Navarra?
La palabra española aquelarre proviene del término en euskera Akelarre (traducido literalmente como ‘prado del macho cabrío’, de aker, macho cabrío, y larre, prado). Este era el nombre del llano situado junto a la imponente cueva de Zugarramurdi, donde la comunidad campesina solía reunirse de noche para celebrar festividades paganas vinculadas a los ciclos agrícolas.
En la tradición vasca, la figura de la sorgin (en euskera: creadora o hacedora de suerte) designaba a la mujer experta en el uso de plantas medicinales como la belladona o el estramonio. Dichas botánicas contengan alcaloides tropánicos capaces de inducir alucinaciones intensas y sensaciones de vuelo cuando se aplicaban en ungüentos cutáneos.
Lo que los libros populares no cuentan es que las confesiones de supuestos banquetes con la criatura Akerbeltz (el macho cabrío negro) fueron extraídas mediante coacción sistemática. Los inquisidores Valle-Alvarado y Becerra aplicaron cuestionarios inductivos que moldeaban los relatos de las víctimas para hacerlos coincidir con los manuales de demonología europea.
¿Por qué la investigación del inquisidor Alonso de Salazar cambió la historia?
Tras el sangriento auto de fe de 1610, la Suprema ordenó una revisión del caso encomendada a un hombre de mente científica: el inquisidor Alonso de Salazar y Frías. Salazar recorrió Navarra durante meses portando un edicto de gracia y entrevistando a más de 1.800 personas acusadas o denunciantes.
Su informe de 1612 resultó demoledor para los dogmas de la época. Comprobó que las fechas citadas en las confesiones no coincidían, que las pócimas eran brebajes inofensivos de agua y ceniza, y que las supuestas marcas del diablo en la piel no eran más que lunares o cicatrices comunes.
Salazar acuñó una frase célebre en los anales del derecho penal: ‘No hubo brujas ni embrujados en el pueblo hasta que se comenzó a hablar y escribir de ellos’. Su rigor empírico provocó que la Inquisición española adoptase en 1614 unas normas de procedimiento tan estrictas que paralizaron casi por completo las ejecuciones por brujería en España, mucho antes que en el resto de Europa.
¿Qué revela la ciencia moderna sobre las acusaciones de 1610?
La antropología cultural y la medicina forense contemporáneas ofrecen explicaciones racionales a las visiones descritas por los vecinos de Navarra. Un factor determinante fue la contaminación de los cultivos de centeno por el hongo Claviceps purpurea (el cornezuelo), causa directa del ergotismo o ‘fuego de San Antonio’.
El consumo de pan elaborado con centeno infectado provocaba convulsiones, alucinaciones aterradoras, psicosis colectiva y sensación de quemazón en las extremidades. En años de malas cosechas y humedad extrema como 1609, el ergotismo hizo estragos en las poblaciones aisladas del Pirineo.
Unido a la sugestión social y a la violencia de los interrogatorios, cualquier síntoma de esta intoxicación se interpretaba como una posesión o un castigo por haber acudido a la cueva de Zugarramurdi. La histeria colectiva actuó como un mecanismo de chivo expiatorio para purgar tensiones comunitarias acumuladas.
El legado del proceso de Zugarramurdi en la cultura popular
Mi abuela me decía en mi pueblo de Extremadura que la mentira vuela rápido porque no pesa, pero la verdad tarde o temprano echa raíces. Zugarramurdi representa el recuerdo indeleble de cómo el abismo del miedo y la persecución de la diferencia pueden destruir una comunidad entera.
Hoy en día, el Museo de las Brujas de Zugarramurdi (situado en el antiguo hospital de la localidad) rinde homenaje a aquellas personas injustamente ajusticiadas en 1610, restituyendo su memoria histórica lejos de los clichés del terror comercial.
Si quieres profundizar en este pasaje crucial con fuentes documentales primarias, te recomiendo encarecidamente la lectura de El abogado de las brujas (editado por Alianza Editorial en 1983), la investigación definitiva del historiador danés Gustav Henningsen sobre los escritos originales de Alonso de Salazar y Frías.